El despertar de tu hijo es, sinceramente, uno de los motivos para sentirse eternamente joven. A las 08.00 a.m. abre los ojos, te reclama con su mirada, sus balbuceos y te regala esa sonrisa abierta, limpia, contagiosa, con la que emprender un nuevo día.
Seguramente la noche se te ha echo muy corta. Estarás cansado, adormilado. Pero la transformación es rápida.
Me pongo las pilas y preparo el biberón. Después lo levanto con un juego de palabras que, aún siendo inconexo, él acepta alegremente. Yo también quiero demostrarle que me alegro de compartir su nuevo día.
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